ENTREVISTA A PASCUAL GONZÁLEZ

“Nunca he pensado que la experiencia fuera un valor. Cada uno debe labrarse su propio camino”

 

Tras más de 50 años trabajando en el mundo financiero y de la auditoría, y recién retirado de sus responsabilidades en el Consejo de Administración de Morison ACPM como socio fundador de la empresa, se encuentra en la posición ideal para contarnos algo irreverente…

No diré ninguna locura (ríe), pero sí que es verdad que cuando uno formaliza públicamente su propia retirada puede hablar con más tranquilidad y sin tanta presión, y además uno puede contar lo que siente y no solamente lo que la gente espera que uno diga.

¿Por qué se retira si está en plena forma?

Mira, los socios fundadores también debemos dejarlo en algún momento, cada uno a su debido tiempo. Yo acabo de cumplir 70 años. Hay que dar paso a los jóvenes y que ellos tomen ahora sus propias decisiones. Además, me retiro de la responsabilidad de codirigir la empresa con el resto de socios pero seguiré trabajando. Esto me gusta demasiado como para dejarlo del todo…

Siempre hemos oído que retirarse antes de tiempo puede malograr un activo muy importante para la empresa: la experiencia.

Las decisiones en el nuevo Morison ACPM las toman otros, un grupo de socios entre los que ya no cuento, y las tienen que tomar en base a su experiencia y a su realidad, no en base a una realidad y experiencia como la mía que, con los años, ha ido perdiendo en creatividad y espontaneidad…

La experiencia es algo que no se puede transmitir, nunca he pensado que fuera un valor porque cada uno debe labrarse su propio camino y las condiciones de cada experiencia son únicas. Son algo muy personal que, en realidad, sólo ayudan a uno mismo.

Con 50 años de trabajo a sus espaldas, lo ha vivido todo… ¿No quiere darnos algún consejo?

Cuando con 22 años ocupé un puesto de director financiero, me dijeron “es usted muy joven para el puesto” y, claro, yo contesté, “joven sí, pero no gilipollas”. Con perdón (ríe). Siempre he creído en la gente joven y he tratado de escucharles y prestar mucha atención a sus ideas e iniciativas. ¡Se aprende tanto de ellos si se les sabe escuchar y hacerles reflexionar sobre sus propias iniciativas! La compenetración de ambas generaciones es necesaria. La edad es algo que se va corrigiendo día a día. Y sólo aprendemos de verdad cuando nos equivocamos, cuando acertamos, cuando hacemos… por nosotros mismos.

¿Por qué dio el salto del sector financiero a la auditoría?

En el año 1979 estaba trabajando como director financiero de un gran grupo inmobiliario y para enriquecer mi currículo y mis conocimientos me hice Censor Jurado de Cuentas. La suerte me vino de cara pues justo en ese momento la Dirección General de Política Financiera me encargó mi primera auditoría, una tarea que podía hacer fuera de mi trabajo en el grupo. Un extra. Y claro, recién acabada mi formación académica, no tenía ni idea de cómo hacer una auditoría. Pero me llevé el manual del instituto de censores (ríe) y con la ayuda de una compañera experta, la saqué adelante. La sorpresa es que me la pagaron muy bien. Era un trabajo excepcionalmente bien remunerado y además casaba a la perfección con mi vocación de analista.

Entonces, ¿fue un cambio por razones económicas?

Yo estaba muy bien en la empresa privada. Estaba a punto de cumplir 40 años, trabajaba desde los 16. Me ganaba bien la vida. Cuando me fui a despedir del Consejero Delegado del grupo me preguntó el porqué de mi marcha. “Porque me aburro”, le contesté. “¿Quiere que le arregle el despido y cobrar el paro?”, me preguntó. “¡Pero si yo no voy a estar parado!”, le dije.

No lo entendían, en ese momento no se entendía un paso como el mío. Pero yo sentí que, de algún modo, me estaba manumitiendo. Es decir, que como los esclavos romanos, conseguí ganar suficiente dinero como para comprar mi propia libertad y hacer lo que quería.

Pero esa libertad no está exenta de riesgos, porque a su vez aumenta la incertidumbre…

Claro, que te voy a decir… pero, en ese momento, tuve suerte y la empresa me contrató como asesor del nuevo director financiero del grupo. Y con el mismo sueldo que tenía antes (ríe). Tenía todo el tiempo del mundo. Y además empecé a dar clases…

Debió de sentirse un hombre de éxito…

Siempre me he considerado un hombre con suerte, más que un hombre de éxito. Igual que subes, bajas y no por eso eres mejor o peor. Hay que saber adaptarse a cada momento. Tan sólo se trata de eso.

¿Cuándo se planteó crear su propia empresa?

Bueno, desde el Instituto de Censores nos llamaron para auditar todo el conglomerado de Rumasa. Fue una buena oportunidad para muchos de aprender trabajando.

Con todo, lo de Censor Jurado de Cuentas individual era algo del pasado, teníamos que crear una empresa de auditoría. En un principio quisimos montarla 16 profesionales, todos juntos, pero al final, tardamos dos años en ponernos de acuerdo y sólo quedamos tres. La unión entre profesionales siempre es difícil, antes y ahora.

Mejor pocos y bien avenidos…

Por supuesto. Montamos una de las primeras empresas de auditoría en Madrid. Era el año 1984, un lustro antes de que la Ley de Auditoría de Cuentas de 1989 obligase a muchas empresas a someterse a auditorías. Pero nosotros a los dos años ya vivíamos de ello. Y lo pasamos muy bien. Nos enganchamos a la auditoría.

Y de allí a crear la actual Morison ACPM, más de 30 años de muchísimo trabajo… ¿Cómo han sido?

Si alguien piensa que se podía hacer sin mucho trabajo se equivoca, está claro. Recuerdo una vez que estábamos auditando un proyecto español en Zúrich y a las cinco de la tarde apareció en la sala donde trabajábamos nuestro contacto en la empresa y nos preguntó a qué hora nos queríamos marchar… Le contestamos que nos iríamos cuando se marchara el último y él nos respondió que el último era él, así que nos volveríamos a ver a la mañana siguiente (ríe).

Como te puedes imaginar, me conozco muy bien Zúrich (ríe). Aquí, en España, trabajamos más intensamente. De nueve de la mañana a nueve de la noche da para mucho, incluso para comer sentado en una mesa y no un simple sándwich como hacen los europeos…

¿Recuerda algún momento decisivo en el viaje de la empresa?

Un momento importante fue al principio de nuestro viaje. En 1985 España entraba en la Comunidad Económica Europea (ahora U.E.) y pensamos que era una buena idea acompañar al país en ese viaje. Buscamos despachos europeos que hicieran algo similar a lo que hacíamos nosotros en España y nos encontramos con unas empresas europeas que estaban gestando la red Morison Internacional. Nos unimos al proceso de fundación de la red, con un despacho de Londres (el Morison que lleva el nombre de la red), otro de Francia (Aplitec), otro de los Países Bajos (Hoek en Blok) y uno más de Dinamarca, que finalmente dejó la red años más tarde, y nos pusimos a trabajar conjuntamente en el proyecto.

Un proyecto que ha acabado teniendo más de 90 empresas asociadas en todo el mundo…

Y yo sin saber inglés (ríe). Pero lo hicimos bastante bien. Y aquí nos dimos cuenta de la ventaja que era poder trabajar con profesionales de otros países, sumar su know how a nuestro conocimiento y acompañar a la vez a las empresas españolas que también estaban trabajando en esa apertura hacia Europa y el mundo tan necesaria para nuestra economía y nuestra sociedad.

Ese proceso fue más o menos paralelo a la gestación de la sociedad Morison ACPM actual, la fusión con el despacho de Barcelona y la creación de una empresa mediana pero fuerte en toda España…

Conectamos con los futuros socios de Barcelona porque todos, salvando algunas diferencias, estábamos convencidos de que la unión hacía la fuerza y queríamos progresar de forma positiva ofreciendo mayores y mejores servicios a nuestros clientes. Teníamos la misma visión sobre la profesión y nuestro papel como empresa, por eso mismo creamos Morison ACPM y, por ese motivo, la Morison ACPM actual surge de esa idea fundacional.

¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de todos estos años?

Todo un devenir, nos hemos movido mucho, hemos crecido mucho también… Lo mejor es la cantidad de empresas y profesionales que hemos conocido y con las que hemos colaborado… Lo peor, que a veces cuando pierdes un cliente te queda un pelín de sabor amargo que te acompaña un tiempo…

Hay que reconocerlo. Algunos compañeros se me han quejado, a veces, de la falta de fidelidad de algunos clientes, pero yo siempre he creído que nos regimos por las reglas del mercado y compitiendo con las mismas reglas, algunas veces se gana y otras se pierde.

Si tienes claro tu propio camino no hay que darle muchas más vueltas.

¿Qué es lo que tiene la auditoría para que le gustara tanto?

Estar volcado íntegramente en la auditoría me permitía aprender continuamente. Me apasionaba investigar, analizar y conocer lo que había dentro de las empresas que auditábamos, saber cómo funcionaban realmente.

La profesión de auditor es la más bonita para todos aquellos a quienes les guste la contabilidad y el derecho societario, financiero y mercantil.

Y hay mucho de formación continua, de no dejar nunca de aprender…

Nosotros tenemos que estar atentos a la normativa, claro, y a todas las novedades legislativas. Ser pequeñas enciclopedias. Sólo así podemos ayudar, especialmente a las empresas medianas, que no tienen asesores de ningún tipo en sus plantillas y necesitan todo ese conocimiento para hacer que sus empresas sean más competitivas.

Están, sin embargo, en una posición incómoda, pues acompañan al cliente pero a la vez le inspeccionan…

Cierto. El auditor es un profesional independiente: la empresa que auditas te paga, pero no te debes a ella. Esa es la complejidad añadida a la relación con el cliente. Y algunos incluso no nos cuentan toda la realidad. Pero no hay que tomárselo como algo personal. Las salvedades no gustan a nadie, pero todo el mundo quiere que el trabajo se haga bien. Es una complejidad que forma parte del trato.

¿Se hacen bien las cosas en el mundo de la auditoría actualmente?

El mundo de la auditoría de empresa es tremendamente complejo y no se puede tratar a todos de la misma forma. Las normas del ICAC (Instituto de Contabilidad y Auditoría de Cuentas) son insensibles a la diferencia y eso, al final, no es lo más lógico. Ahí se está fallando…

¿Cómo ve el futuro de Morison ACPM, ahora que deja sus responsabilidades en la dirección de la empresa?

Para empresas medianas como la nuestra el horizonte no está muy claro. Hay grupos de presión, sectores poderosos que quieren eliminar la obligación de auditar empresas que facturan menos de 8 millones de euros y probablemente lo conseguirán. Y si lo consiguen será porque el poder legislativo no se habrá querido dar cuenta de que las empresas no son solamente de los socios capitalistas, sino que, de alguna manera, también son de los trabajadores, de los proveedores, de quienes les prestan dinero…

Y eso comportará, a su vez, que salgan nuevas oportunidades de trabajo. En Francia, para las empresas que no se auditan, existe la figura del experto contable, un profesional que no está encorsetado en normas tan estrictas como las de la auditoría y que realiza una versión más libre del trabajo, que también es interesante.

También es verdad que los precios han bajado mucho y comparados con la hora de auditor que se factura en muchos países de Europa es casi un 50 % más baja. Pero no hay que mirar a la competencia a la hora de establecer la remuneración del trabajo.

Nosotros, en Morison ACPM, tenemos personal fijo, joven y a la vez con una media de 9 años de experiencia, por lo que conocen muy bien a los clientes y eso nos permite ser más competitivos.

Ahora que puede mirar atrás y repasar su vida profesional, ¿está contento? ¿Hubiera cambiado alguna cosa?

Para mí, más que un trabajo ha sido una vocación. En un 90 % me he encontrado a muy buena gente por el camino, tanto entre los clientes como entre los compañeros… Con la de horas que le echas, la empresa acaba siendo tu casa. Si eres honesto con los socios, los empleados y los clientes normalmente recibes una recompensa.

A nivel personal estoy satisfecho de cómo me ha ido y, en especial, de la decisión que tomé con 40 años de tomar las riendas de mi carrera profesional. Si hago un balance (ríe), el activo es más grande que el pasivo y entiendo las salvedades con las que he tropezado a lo largo de este camino como momentos que me han ayudado a mejorar y a crecer. Y seguimos… Hasta que el cuerpo aguante.

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